2017-12-15

202.- ¿Aún queda dualismo en el siglo XXI?


Autor: Riskov

Somos producto, entre otras cosas, de la cultura en la que estamos inmersos. Por ello, todos llevamos en la imaginación "al fantasma" a los mandos de la mente humana, de la misma manera que imaginamos que el resto de los animales superiores carecen de tal fantasma.

Desde que Descartes dejara su legado en la cultura occidental en el siglo XVII, en forma de cuerpo y mente, llevamos cuatro siglos imaginando al "fantasma en la máquina".

Ahora, en el siglo XXI, ya se ha acumulado el suficiente conocimiento para atribuir las funciones mentales exclusivamente al cerebro (bueno, el resto del cuerpo también influye en forma de riego, hormonas y similares). Sin embargo, aún seguimos imaginando "al fantasma"; esta imagen forma parte de la cultura. Pero, ¿cómo encaja el fantasma con las siguientes cuestiones?

- Cuando una persona anciana, con fallos de memoria, fallece, ¿recupera su memoria "el fantasma" y se dirige "al otro mundo" con buena memoria?

- ¿"El fantasma" tiene memoria sin necesidad de soporte físico? En caso afirmativo, ¿por qué esa memoria sin soporte físico fallaba "en este mundo"?

- ¿"El fantasma" necesita un soporte físico "en este mundo" para sus funciones mentales, además de soportes físicos para la percepción de los diferentes sentidos? ¿Y deja de necesitarlos cuando "se libera"?

Ya tenemos asumido que una persona con pocas dotes físicas es víctima de su situación y que no podemos exigirle mayores cotas. Por el contrario, seguimos considerando a una persona poco inteligente culpable de sus desaciertos. ¿Es porque no asumimos su dotación cerebral e imaginamos que tiene "un fantasma" perfectamente dotado? ¿Exigimos a los demás no errar porque cuentan con un alma perfecta?

De la misma manera que no podemos exigir a una persona obesa que corra como un atleta, o a una persona no entrenada que consiga los objetivos deportivos de un gimnasta, no podemos esperar de todo el mundo que razone de forma lógica sin errores.

Esto nos debe servir para comprender a aquellos a los que les cuesta aplicar en su vida el razonamiento lógico. Debemos asumir que su dotación le lleva a tener esas tendencias. En este caso, una persona simple y dogmática lo es porque le falta capacidad para dominar un amplio razonamiento, considerando matizaciones y contando con incertidumbres.

¿Qué posibilidad práctica hay de que un dogmático deje de serlo tras un debate con una persona racional? ¿Realmente el dogmático simplemente quiere serlo, o es que, además, le falta capacidad para razonar de manera honesta? En este último caso, el establecer un debate acalorado es una situación injusta para esa persona limitada en este aspecto.

A todo ello podemos añadir el factor determinismo. Con él tendríamos que asumir que la conducta de esa persona está determinada por una multitud de factores, por lo que intentar sacarlo de su dogmatismo es tarea aún más difícil. Lo único que podemos sumar a los factores que lo determinan es la "influencia externa", en la cual colaboramos por medio del debate. Pero para que sea una influencia positiva debe hacerse de forma pedagógica, no agresiva.

Todo lo anterior nos debe ayudar a tratar con personas de ese tipo de manera comprensiva.



Entrada relacionada: 88.- El cerebro humano como interfaz de una consciencia espiritual


2017-12-04

201.- Pseudociencia y Pseudofilosofía


Autor: Riskov

Toda disciplina que se precie tiene su garbanzo negro, su antítesis, la cual pretende ser convincente utilizando el buen nombre de su disciplina correspondiente.

Muchos ya conocemos bien la pseudociencia, tantas veces avisados de sus malas artes. En ella, se puede llegar a las conclusiones deseadas seleccionando exclusivamente los datos favorables, ignorando todo aquello que las contradigan y evitando comprobar su coherencia con el conocimiento aceptado.

Como punto de partida, tanto la ciencia como la pseudociencia emplean el método científico; pero ahí terminan las similitudes. Porque, después, la pseudociencia se salta todos los puntos necesarios de dicho método para arribar con éxito al resultado deseado y predeterminado.

Mientras la ciencia observa el mundo, obteniendo multitud de datos para llegar a una conclusión lógica, necesariamente coherente con el resto de disciplinas, la pseudociencia parte de la conclusión deseada y, para justificarla, recopila los datos favorables, muchas veces fuera de contexto. Es decir, ambas caminan en sentido contrario.

El ejemplo de moda actualmente es la homeopatía. Una disciplina que en sus más de dos siglos ha tenido cortas épocas de esplendor y otras largas de oscuridad, típicas de las terapias de efecto placebo que van rotándose en el favor del público.




Los defensores de la homeopatía sostienen que puede curar prácticamente todas las enfermedades sin ningún efecto secundario. Parten de la premisa de que funciona, nunca se cuestionan sus resultados, seleccionan los datos favorables (las publicaciones de Boiron y asociados), ignoran todos los estudios que determinan que su efecto es equivalente al placebo y evitan comprobar la coherencia de la presunta memoria del agua con el conocimiento científico sobre el ciclo del agua y su química. Pero siempre con el término “ciencia” en sus bocas.

Lo que hemos oído menos veces es el término pseudofilosofía, el cual sería el equivalente al anterior concepto. Veámoslo.

Mientras la filosofía se hace preguntas, prioriza las cuestiones a las respuestas, cuestiona estas hasta conseguir una alta seguridad, emplea la duda razonable, todo ello para minimizar el riesgo de error, la pseudofilosofía parte de la conclusión deseada y, para convencernos de su acierto, emplea la retórica selectiva y la defensa de la doctrina. Ambas caminan de manera inversa.

El engaño de la pseudofilosofía se nos presenta frecuentemente en los temas sobre religión. El dogma, tan contrario al espíritu de la filosofía, aparece con gran profusión en conversaciones filosóficas. Este detalle sospechoso nos debe poner en alerta.

El ejemplo más importante en nuestra cultura es la teología. Esta parte de la existencia de la deidad perfecta y de su revelación en la Biblia, premisas que nunca cuestiona. Toda su dialéctica se centra en justificar ambas premisas; para ello, utiliza toda suerte de falacias, sinsentidos y contradicciones, mientras insiste en que la teología es un pilar de la filosofía.




Recientemente he tenido la oportunidad de debatir con sendos estudiantes de teología (al menos así se identificaron). Y digo que tuve la oportunidad, porque aproveché para lanzar estas cuestiones y me las respondieron de la siguiente manera (en resumen):

La teología es parte de la filosofía y sirve para conocer a Dios y su prédica. No se cuestiona a Dios ni a la Biblia porque emplea para ello la fe. Sin embargo, logra demostrar que la fe es correcta gracias a las conclusiones obtenidas.

¿Nos suena esto al anterior ejemplo? Pues sí: dos productos milagrosos.

- Uno, con un ser perfecto (omnipotente, omnisciente y omnibenevolente).

- Otro, con una medicina perfecta (cura todo, sin necesidad de complicados análisis, sin grandes estudios, sin efectos secundarios, de manera barata).

La teología es a la filosofía lo que la homeopatía es a la ciencia.

Pseudociencia y pseudofilosofía, dos garbanzos negros que hay que detectar para no ser engañados.